jueves, 26 de enero de 2012

Quéjase de la suerte - Sor Juana Inés de la Cruz

Quéjase de la suerte: insinúa su aversión a los vicios, y justifica su divertimiento a las Musas.

En perseguirme, mundo, ¿qué interesas?
¿En qué te ofendo, cuando sólo intento
poner bellezas en mi entendimiento
y no mi entendimiento en las bellezas?


Yo no estimo tesoros ni riquezas,
y así, siempre me causa más contento
poner riquezas en mi pensamiento
que no mi pensamiento en las riquezas


Y no estimo hermosura que vencida
es despojo civil de las edades
ni riqueza me agrada fementida;


Teniendo por mejor en mis verdades
consumir vanidades de la vida
que consumir la vida en vanidades.




FUENTE
Poesías de Sor Juana Inés de la Cruz”, Antología, México, EMU, 2005,    pp. 20, 21. 


Sor Juana Inés de la Cruz (1651 - 1695)


Ahora, uno de los famosos sonetos de Sor Juana Inés de la Cruz, escritora novohispana del siglo XVII (o el Siglo de Oro). Su obra es muy extensa. Elijo este soneto porque es de mis favoritos; leer a Sor Juana en alguna época de mi vida me llevó a intentar, con bastos fracasos casi siempre, escribir algunos sonetos... sólo logré uno y no cumplió con todas las reglas. Es por eso que la poesía de Juana de Asbaje siempre termina sorprendiéndome, ¿Cómo lograr tanta perfección al escribir, cumplir las reglas y al mismo tiempo ordenar correctamente cada palabra sin que pierda su esencia? Sor Juana Inés de la Cruz supo hacerlo muy bien. Y lo hizo tan bien que aún en nuestra época su obra nos sigue impresionando.

domingo, 15 de enero de 2012

Algo de Silverberg

En esta ocasión publico un fragmento de una de las novelas de uno de los autores que más disfruto leer: Robert Silverberg, escritor estodounidense de ciencia ficción que por fortuna sigue entre nosotros. 
     Debo decir que quizá esta rama de la literatura no es la que más acostumbro leer, de hecho podría casi asegurar que Silverberg fue al primero, en dicha rama, que leí y probablemente el único.
     Con una gran cantidad de novelas, de las cuales únicamente he tenido la oportunidad y la fortuna de leer cinco títulos, Silverberg se ha convertido en uno de mis escritores favoritos. Es como leer algo que alguna vez pude imaginar o  como si en alguna ocasión hubiese pensado como alguno de sus personajes, siempre tan peculiares.
     Lo que a hoy respecta es el inicio de Estación Hawskbill. Silverberg nos sumerge en la Estación Hawskbill, un lugar que el gobierno al mando de Estados Unidos ha creado para envíar a los presos políticos. Entramos en un mundo en el que el hombre puede incluso convivir con los primeras muestras de vida, puede ver el mundo cómo hace millones de años fue, pero no puede alterar la historia, pues la misma evolución de la Tierra se lo impide: gran estrategia para mantener la "estabilidad" y el "orden" de un país... jamás hay prueba de que algo así existe porque con el tiempo todo rasgo es borrado, ¿Cómo comprobar que Barrett vio en vida a aquél trilobite gigante?

     Barrett era el rey sin corona de la Estación Hawksbill. Nadie se lo discutía. Él era quien más tiempo llevaba allí, quien más había sufrido, quien tenía más fortaleza interior. Antes del accidente habría podido dar una paliza a cualquier hombre del lugar. Ahora, claro, era un lisiado, pero aún conservaba ese halo de poder que le daba autoridad. Cuando había problemas en la Estación, se los llevaban a Barrett y él los resolvía. Eso se daba por sentado. Él era el rey.
     Además, vaya reino el que gobernaba. En realidad era el mundo entero, de polo a polo y de meridiano a meridiano, toda la bendita Tierra. Por lo que valiera. No valía mucho.
     Ahora llovía de nuevo. Barrett se levantó con aquel gesto rápido y fácil que le costaba una agonía infinita muy bien disimulada y arrastró los pies hasta la puerta de la choza. La lluvia, el tipo de lluvia que caía en ese sitio, lo ponía tenso e impaciente. El golpeteo constante de aquellas gotas redondas y grasientas contra el techo de chapa de zinc bastaba incluso para sacar de quicio a Jim Barrett. Faltaban todavía mil millones de años para que se inventase el tormento chino de la gota de agua, pero Barrett ya entendía muy bien sus efectos.
     Empujó la puerta con el codo. Desde allí, en la entrada de la choza, Barrett contempló su reino.

     Vio rocas áridas casi hasta el horizonte. Una placa interminable de dolomita pura. Las gotas de lluvia bailaban y rebotaban y salpicaban en aquel bloque continental de piedra lustrosa. Nada de árboles. Nada de hierba. Detrás del sol de Barrett estaba el encrespado mar, gris e inmenso. También el cielo era gris, incluso cuando no llovía.
    Cojeando, Barrett salió a la lluvia.
    Cada vez le resultaba más sencillo manejar la muleta. Al principio los músculos de la axila y del costado se habían rebelado ante la idea de que necesitaba ayuda para caminar, pero habían terminado aceptándolo, y la muleta parecía ahora una simple extensión de su cuerpo. Se apoyó cómodamente, dejando oscilar en el aire el aplastado pie izquierdo.
     Un desprendimiento de piedras lo había atrapado un año antes, durante un viaje a la orilla del Mar Interior. Lo había atrapado y herido. En su mundo, Barrett habría sido llevado al hospital público más cercano, le habrían colocado unas prótesis y todo arreglado: un tobillo nuevo, un arco nuevo, ligamentos y tendones renovados, una masa de fibras de acrílico homogéneas en el sitio del pie dañado. Pero su mundo estaba a mil millones de años de la Estación Hawksbill, y volver a él era imposible. La lluvia lo golpeó con fuerza, haciendo un ruido sordo contra su cráneo, aplastándole el pelo canoso contra la frente. Frunció el entrecejo. Pensativo, se alejó un poco de la choza.
     Barrett era un hombre grande, de un metro noventa y cinco, con ojos oscuros, nariz prominente y un mentón que era un monarca entre méntones. Había llegado a pesar más de ciento veinticinco kilos en su mejor momento, en los viejos tiempos de agitación Arriba, cuando llevaba banderas y gritaba furiosas consignas y escribía manifiestos. Pero ahora pasaba de los sesenta y empezaba a encogerse un poco y la piel se le aflojaba alrededor de los sitios donde habían estado los fuertes músculos. Resultaba difícil conservar el peso en la Estación Hawksbill. La comida era nutritiva, pero le faltaba... intensidad. Después de un tiempo se llegaba a añorar con pasión un filete. Comer guiso de braquiópodos y picadillo de trilobites no era lo mismo.
     Pero a Barrett ya se le había pasado toda la amargura. Ése era otro motivo por el que los hombres lo consideraban el líder de la Estación. Era sólido. No se quejaba No despotricaba. Se había resignado a su destino y toleraba el exilio eterno, de manera que podía ayudar a los demás a superar el difícil y desgarrador período de transición, cuando tomaban conciencia del hecho abrumador de que habían perdido para siempre el mundo conocido.
     Llegó una figura trotando con torpeza bajo la lluvia: Charley Norton. El jruschevista doctrinario de inclinaciones trotskistas, un revisionista de otros tiempos. Norton era un hombre pequeño y excitable que adoptaba con frecuencia el papel de mensajero cuando había novedades en la Estación. Llegó corriendo hacia la choza de Barrett, resbalando y deslizándose por las piedras desnudas, moviendo frenéticamente los codos.
     Al acercarse, Barrett le tendió una mano rolliza.
     -Tranquilo, Charley. ¡Tranquilo! ¡Tómatelo con calma o te romperás la crisma!
     Norton se detuvo con dificultad delante de la choza. La lluvia le había pegado el cabello ralo contra el cráneo, formando un extraño entretejido. Sus ojos tenían la intensidad fija y brillante del fanatismo, aunque quizá no fuera más que astigmatismo. Mientras trataba de recuperar el aliento se tambaleo hasta la puerta abierta, donde se sacudió como un cachorro mojado. Era evidente que había venido corriendo desde el edificio principal de la Estación, a trescientos metros de distancia. Bajo aquella lluvia había sido una carrera larga y peligrosa; la placa rocosa era muy resbaladiza.
     -¿Por qué te quedas ahí en la lluvia? -preguntó Norton.
     -Para mojarme-dijo Barrett entrando en la choza y mirando a Norton-. ¿Qué noticias tienes?
     -El Martillo está brillando. Pronto vamos a tener compañía.
     -¿Cómo sabes que va a ser una remesa viva?
     -El Martillo brilla desde hace quince minutos. Eso significa que están tomando precauciones con lo que envían. Es evidente que nos mandan un nuevo prisionero. Por ahora no hay previsto ningún envío de suministros.
     Barrett asintió.
     -De acuerdo. Iré a ver qué pasa. Si llega uno nuevo supongo que lo pondremos con Latimer.
     Norton soltó una risa áspera.
-Quizá sea un materialista. Si lo es, Latimer lo enloquecerá con todas sus tonterías místicas. Quizá lo podríamos poner con Altman.

     -Y en media hora lo habría violado.
     -No sé si sabes que a Altman ya no le da por eso -dijo Norton-. Ahora, en vez de buscar sustitutos
de segunda, trata de crear una mujer verdadera.
     -Quizá a nuestro nuevo compañero no le sobre ninguna costilla.
     -Muy gracioso, Jim. -A Norton no parecía divertirle la situación. De repente sus ojos brillaron con mayor intensidad-. ¿Sabes qué me gustaría que fuera el nuevo? -preguntó-. Un conservador. Un perfecto reaccionario salido directamente de Adam Smith. ¡Eso es lo que quiero que nos envíen esos cabrones!
     -¿No te conformarías con un camarada bolchevique, Charley?
     -Este sitio está repleto de bolcheviques -dijo Norton-. Tenemos toda la gama, del rosa pálido al escarlata intenso. ¿Crees que no estoy cansado de ellos? Todo el día por ahí pescando trilobites y discutiendo los méritos relativos de Kerensky y Malenkov. Necesito a alguien con quien hablar, Jim. Alguien con quien pueda pelear.
     -Muy bien -dijo Barrett, poniéndose la ropa de lluvia-. Veré qué puedo hacer para sacar del Martillo a alguien con quien puedas discutir. ¿Qué te parece un'objetivista alborotador? -Barrett soltó una carcajada. Bajando la voz, agregó-: ¿Sabes una cosa, Charley? Quizá desde las últimas noticias que tuvimos hubo una revolución Arriba. Quizá la izquierda echó a la derecha del poder, y a partir de ahora no nos enviarán más que reaccionarios. ¿Qué te parece? Supongamos que para empezar nos mandan cincuenta o cien soldados de asalto. Tendrías material de sobra para tus debates económicos. Irían ocupando este sitio a medida que rodasen cabezas Arriba. Aumentarían hasta superarnos en número, y entonces los recién llegados podrían incluso dar un golpe y deshacerse de todos los apestosos izquierdistas enviados aquí por el viejo régimen y...
     Barsett se calló. Norton lo, miraba con inexpresivo asombro, los ojos descoloridos muy abiertos, alisándose convulsivamente el cabello ralo para ocultar la angustia y la vergüenza.
     Barrett comprendió que había cometido uno de los crímenes más atroces de la Estación Hawksbill: había hablado de más. Ese arrebato no tenía ninguna justificación. Lo que hacía más embarazosa la situación era el hecho de que él mismo se hubiera permitido ese lujo. Se daba por sentado que él era el hombre fuerte del lugar, el estabilizador, el hombre de integridad y principios y cordura absolutos en quien podían apoyarse los demás cuando sentían que se descontrolaban. Y de repente era él quien había perdido el control. Mala señal. Volvió a sentir un dolor punzante en el pie muerto; quizá fuera ésa la razón.
     -Vamos -dijo Barrett conteniendo la voz-. A lo mejor ya tenemos allí al nuevo.
     Salieron. La lluvia estaba acabando y la tormenta se trasladaba hacia el mar. Por el este, sobre lo que
un día se llamaría el, Atlántico, el cielo estaba todavía cubierto de arremolinadas volutas de niebla gris. El tono de gris normal que presagiaba tiempo seco. Antes de ser enviado a ese lugar, Barrett había esperado encontrar un cielo prácticamente negro, porque en un pasado tan remoto tendría que haber menos partículas de polvo y la luz no se refractaría lo necesario para crear tanto color azul. Pero el cielo había resultado ser de un beige aburrido. Para eso servían las teorías. De todos modos, nunca había pretendido ser un científico.
     Los dos hombres caminaron hacia el edificio principal de la Estación bajo la lluvia cada vez menos fuerte. Norton se acomodó sutilmente a la renqueante marcha de Barrett, y Barrett, blandiendo con furia la muleta, hacía lo imposible para que sus padecimientos no los obligaran a aminorar la marcha. En dos ocasiones estuvo a punto de perder pie, y las dos veces se esforzó para que Norton no se diera cuenta de ello.
     La Estación Hawksbill se extendía delante de ellos. 

     La Estación ocupaba unas doscientas hectáreas y tenía forma de medialuna. En el centro de todo se levantaba el edificio principal, una enorme cúpula donde se guardaba la mayor parte del equipo y las provisiones de los prisioneros. Flanqueándola a intervalos amplios, brotando de la lustrosa placa rocosa, como enormes y grotescos hongos verdes, se veían las burbujas plásticas de las viviendas individuales. Algunas chozas, como la de Barrett, estaban revestidas con chapas de hojalata que habían rescatado de los envíos de Arriba. Otras no tenían protección, no eran más que plástico desnudo, tal como había salido del estampador.
     El número de chozas rondaba las ochenta. En ese momento había ciento cuarenta presos en la Estación Hawksbill, cantidad casi récord, que indicaba un aumento de temperatura en la escena política de Arriba. Hacía mucho tiempo que la gente de Arriba no se molestaba en enviarles materiales de construcción, así que todos los nuevos que llegaban tenían que compartir vivienda. Barrett y otros cuyo destierro había empezado antes de 2014 tenían el privilegio de ocupar viviendas privadas si así lo deseaban. Algunos hombres no querían vivir solos; Barrett, para conservar su propia autoridad, creía que estaba obligado a hacerlo.
     A medida que iban llegando, los nuevos desterrados se acomodaban con los que vivían solos. Las chozas privadas eran entregadas en orden inverso de antigüedad. A esas alturas, la mayoría de los desterrados que habían llegado antes de 2015 se habían visto obligados a aceptar compañeros de habitación. Si llegaba otra docena de deportados, el grupo de 2014 tendría que empezar a compartir la vivienda. Por supuesto, los mayores iban muriendo, lo que facilitaba un poco las cosas, y había muchos hombres a los que no sólo no les importaba tener compañía en las chozas, sino que la buscaban.
     Sin embargo, Barrett creía que un hombre sentenciado a cadena perpetua sin esperanza de libertad condicional debía gozar del privilegio de la privacidad. Uno de los mayores problemas en la Estación Hawksbill era impedir que los hombres enloquecieran por falta de intimidad. En un sitio como ése la proximidad podía ser intolerable.

     Norton señaló la enorme cúpula de plástico brillante del edificio principal.
     -Está entrando Altman. Y Rudiger. Y Hutchett. ¡Algo sucede!
     Con un gesto de dolor, Barrett aceleró el paso. Algunos de los hombres que entraban en el edificio
vieron la figura corpulenta que venía por el camino rocoso y la saludaron con la mano. Barrett les respondió levantando un brazo macizo. Sentía que crecía la excitación. La llegada de cada hombre nuevo a la estación era un gran acontecimiento, casi el único acontecimiento que ocurría allí. Sin nuevos hombres, no tenían manera de saber lo que sucedía Arriba. Hacía seis meses que no llegaba nadie a Hawksbill, después del aluvión del año anterior. Durante un tiempo habían aparecido cinco hombres por día, y entonces el flujo se había detenido. Sin más novedades. Seis meses sin ningún desterrado: era el intervalo más largo que recordaba Barrett. Habían empezado a sospechar que no enviarían a nadie más a la Estación. Lo cual sería una catástrofe. Nuevos hombres era lo único que separaba a los presos más antiguos de la locura. Los nuevos traían noticias del futuro, noticias del mundo que ellos habían dejado atrás para toda la eternidad. Y contribuían con la interacción de nuevas personalidades en un grupo cerrado que siempre estaba en peligro de anquilosarse.

     Por otra parte, Barrett tenía conciencia de que algunos de los hombres -entre los que él no se contaba- vivían con la ilusa esperanza de que la próxima persona que llegase fuera una mujer.
     Por eso acudían todos al edificio principal, para ver qué ocurriría cuando el Martillo empezara a brillar. Barrett renqueó bajando por el camino. Cuando llegaron a la entrada terminaron de caer las últimas
gotas.
     Dentro del edificio, sesenta o setenta residentes de la estación se apiñaban en la cámara del Martillo: casi todos los hombres del lugar en condiciones físicas y mentales de mostrar alguna curiosidad por un recién llegado. Mientras Barrett avanzaba hacia el centro del grupo, lo fueron saludando a gritos. Barrett asentía, sonreía y desviaba las preguntas con gestos amistosos.
     -¿Quién va a ser esta vez, Jim?
     -Tal vez una muchacha, ¿verdad? De unos diecinueve años, rubia, con un cuerpo...
     -Espero que sepa, de todos modos, jugar al ajedrez estocástico.
     -¡Mira el brillo! ¡Está aumentando!
     Barrett, como los demás, miró el Martillo, y advirtió el cambio que se estaba produciendo en la gruesa columna que era el dispositivo de viaje temporal. La compleja e intrincada colección de instrumentos insondables ardía ahora con un color rojo cereza, anunciando el paso de quién sabe cuántos kilovatios bombeados por los generadores en el otro extremo de la línea, Arriba. Hubo un silbido en el aire; el suelo retumbó un poco. El brillo se había extendido ahora al Yunque, la ancha placa de aluminio sobre la que caían todos los cargamentos del futuro. En otro instante...

     -¡Condición Carmesí! -gritó alguien-. ¡Ahí viene!



FUENTE
Silverberg Robert; Estación Hawksbill, Capítulo 1, España, 2000; Plaza Janés; pp. 11 - 20.

miércoles, 11 de enero de 2012

Boca de llanto - Jaime Sabines




Boca de llanto, me llaman
tus pupilas negras,
me reclaman. Tus labios
sin ti me besan.
¡Cómo has podido tener
la misma mirada negra
con esos ojos
que ahora llevas!

Sonreíste. ¡Qué silencio,
qué falta de fiesta!
¡Cómo me puse a buscarte
en tu sonrisa, cabeza
de tierra,
labios de tristeza!

No lloras, no llorarías
aunque quisieras;
tienes el rostro apagado
de las ciegas.

Puedes reír. Yo te dejo
reír, aunque no puedas.



  
FUENTE
“Antología Poética, Jaime Sabines”, Selección de Pilar Jiménez Trejo, México, Documento electrónico, p.227.


Jaime Sabines, poeta mexicano del siglo XX. 
Para cualquiera que gusta de la poesía existen poemas que se convierten en clásicos para uno mismo. Confieso el día de hoy que eso mismo me ha sucedido con respecto al que publico en esta ocasión. Y es que, cómo no, desde mi adolescencia obtuve un gran gusto por escribir, claro que lo que entonces hacía resulta no ser de mi agrado actualmente. Suele pasar que alguien hace como que escribe sin haber leído gran cosa. 
En mi primer año de bachillerato, ya con un altísimo grado de interés hacia la literatura y con enormes ganas de aprender sobre ello, tomé como optativa el Taller de Poesía que se impartía en la escuela: ¡Mira qué enormes sorpresas! fue como dí con este poeta. 
Sin duda este poema se convirtió en algo especial para mí, digno de encontrarse a la cabeza de mi antología poética personal, la cual siento que jamás será terminada si sigo escarbando entre los libros de poesía.

viernes, 6 de enero de 2012

El camino a casa – Franz Kafka

     ¡Se ve la fuerza de convicción del aire después de la tormenta! Aparecen mis méritos y me dominan, aunque tampoco me resisto.
    Marcho y mi ritmo es el ritmo de esta acera de la calle, de esta calle, de este barrio. Soy responsable, y con razón, de todos los golpes contra las puertas, contra las tablas de las mesas, soy responsable de todos los brindis, de todas las parejas en sus camas, en los andamios de las nuevas construcciones, apretadas contra la pared en las oscuras callejuelas, en las otomanas de los burdeles.
    Aprecio mi pasado en detrimento de mi futuro; aunque encuentro excelentes ambos, no puedo otorgar primacía a ninguno, y sólo debo censurar la injusticia de la providencia que tanto me favorece.
    Sólo después de entrar en mi habitación me torno algo pensativo, aunque sin haber encontrado nada durante la subida de las escaleras que me pareciera digno de ser pensado. No me ayuda mucho que abra la ventana del todo y que aún se toque música en un jardín.



FUENTE
Kafka, Franz; “El camino a casa”, en Cuentos completos; Madrid, 2004; Valdemar; p 61.





sábado, 31 de diciembre de 2011

Corazón puro - Attila József


No tengo padre ni madre,
no tengo beso ni amante.
Vivo sin Dios y sin patria,
y sin cuna y sin mortaja.

Van tres días que no como
nada, ni mucho ni poco.
Pongo en venta mis veinte años,
la potencia de mi estado.

Si nadie los compra luego,
que el diablo arree con ellos.
Corazón puro: robar —
¿por qué no?— y hasta matar.

Me capturan y me cuelgan
y en tierra santa me entierran.
Y una hierba en que viaja la muerte
sobre mi corazón crece y crece.



FUENTE
Atlas de Poesía, www.atlasdepoesia.blogcindario.com, México, 2006.



Attila József (1905-1937),fue un reconocido poeta húngaro. "Corazón puro" está incluido en su segundo libro de poelmas: Nem én kiáltok ("No soy yo quien grita"), publicado en 1925. 


martes, 27 de diciembre de 2011

Siempre habrá alguien detrás de ti - Luis Jorge Boone

Para Jesús de León


Una mano de sombra oprime tu cabeza contra el suelo. Logras reunir suficiente fuerza y apoyándote en la orilla de la cama te incorporas. Hay luces constelando las paredes. El televisor proyecta coloraciones mutantes, verdes que parecen enraizar en el techo y rojos eléctricos que semejan sangre. A velocidades críticas se esparcen por el aire y tu cerebro. No puedes pensar. Dónde. Qué. Una herida mana lenta, dolorosa, detrás de tu cabeza.
            Elisa. El libro. No están.
            El ritmo caótico de los destellos te produce nauseas. Vértigo. Luces rojas y azules atraviesan la casa, se filtran por las paredes. Intentas caminar y un filo se encaja en tu pie derecho. Caes de nuevo.
            Resientes el golpe anterior en la parte trasera de tu cráneo. Ahora si querrías lastimarla, piensas mientras sufres el calvario de tratar de ponerte en pie. No puedes caminar sin recargarte en las paredes.
            La puerta de la sala está abierta, debes cerrarla. Hay más luces afuera, gente que mira. Torretas rojas y azules. No te muevas, gritan.
            Cuánto tiempo estuviste desmayado.
            Te ordenan arrojar el arma y levantar los brazos. Quieren que te tires al suelo pero no te mueves.
            Arroje el arma.
            Llevas un cuchillo en la mano izquierda, en la otra el control remoto de la televisión.
            Por el hueco de la entrada alcanzas a distinguir a Elisa tras la barricada de la policía. Agentes policiales hablan por radios, alcanzas a ver el libro en brazos de alguien. Elisa podría explicar todo. Alguien la toma del brazo y se la lleva.
            Un ariete de luz se mete en tu casa y detrás de tus parpados.
            Tus ojos cerrados son invadidos por tonalidades galácticas. Laten, están vivas. Explotan y se mezclan, producen gradaciones esquizofrénicas. Abres los ojos: la habitación entera es un observatorio donde relucen constelaciones que el cielo jamás tendrá.

I

El televisor enmudecido ofrece imágenes que por ahora no importan: la mínima gimnasia de tu pulgar sobre el control remoto es suficiente para sustraerte de la realidad. Deslizas la vista de un botón a otro, los oprimes alternativamente sin poner atención al efecto que producen en la pantalla.
            Frente a ti un hombre destaza una vaca, pero no logra retener tu atención. Recostado en la cama a tres metros del aparato, pareces más distante.
            Los noticieros inician con la promesa de describir los crimines del día; retrasan la carta fuerte de la noche detrás de notas anodinas. Hacen tiempo con sucesos de política. Uno o dos escándalos, desvíos de menos de seis cifras. Aprovechas para traer el maletín donde guardas el libro de recortes y tus utensilios de dibujo.
            Al regresar, el retrato en blanco y negro de un rostro ocupa la pantalla. Frente ancha, nariz aguileña, labios delgados, ojos grandes, bigote y barba cerrada. Treinta a treinta y cinco años, dice el reportero, complexión robusta, estatura mediana, el asesino continúa prófugo, advierte. Te detienes en cada detalle, cada línea expresiva para recordarla después.
            En seguida, sobre una hoja en blanco intentas duplicar la imagen. Ignoras de nuevo el televisor. Mañana se sabrá más. Mañana podrás decidir.
            Al terminar el retrato hojeas el libro, tu colección de recortes de periódico sobre crímenes violentos. No tiene nada de malo adelantarse un poco, buscar un espacio para la copia del retrato, sólo la usarás en caso de que el crimen merezca añadirse a tu libro.
            Cada vez mejoras tu estilo. Pudiste haber aprobado fácilmente una carrera de diseño industrial. Es un buen retrato, un dibujo expresivo. Incluso te recuerda a alguien que conoces. Eso podría ser un punto a tu favor.
            Alzas la vista al espejo del peinador. Desde ese ángulo refleja perfectamente tu rostro iluminado por los rayos del cinescopio. Parpadeas, gesticulas un poco, compruebas que eres dueño de esa otra imagen. Te detienes en el bigote y la barba cerrada que te cubren la mitad de la cara desde hace tres años. En cuanto se fue tu esposa se acabaron las quejas por la aspereza de los vellos. Así, tu rostro guarda cierto parecido con el dibujo. Algunos rasgos: los ojos que heredaste de tu madre, la nariz de tu familia paterna. Pero un dibujo como ése debe parecerse a muchas personas distintas.
            Podrías apostar que, de seguirlo a pie juntillas, van a terminar arrestando por asesinato a la mitad  de la población adulta. Tú entre ellos. La escena es fácil de imaginar: un policía se acerca mientras esperas el camión de la fábrica. Saca su revólver, te ordena que te tires al suelo, te esposa. Identificación positiva, eres el del retrato. Podrías serlo. Luego te procesarían, saldrías en los noticieros de nuevo: morirías en la cárcel.
            Te acomodas en la cama. Hay dos palabras suspendidas sobre el fondo azul de la pantalla:

David Honderos

         Nada explica qué hace ahí ese nombre.
            Manoteas sobre las sábanas, ¿dónde está el control remoto? Cambias de canal cuando lo que quieres es subir el volumen, arriba, abajo, seleccionas el menú, sales.
…el más buscado
Dicen, despacio, evitando extraviar una sola letra.
…armado, peligroso…
Pareciera que sintonizaste otra realidad.
David Honderos: tu nombre está en la pantalla.
Es tu imaginación o quizá es cierto que la tele embrutece y las horas acumuladas frente al aparato acabaron por desconectarte el cerebro.
Cambias de canal, David Honderos, y tu nombre aparece de nuevo. DH. Tu nombre en todos los programas informativos. En todas las televisoras.
Piensas en lo que sucede. En un país con más de cien millones de habitantes los nombres pueden duplicarse, triplicarse, multiplicarse hasta el ridículo.
¿Cuál es el nombre completo del asesino? ¿Cuántos David Honderos existen en el mundo?
El noticiero no dice nada más; ninguno otro lo hace. Cambias de canal, das vueltas y más vueltas sin conseguir nada. La televisión se ocupa ya de otra cosa.

II

A las cinco y veinte de la mañana tomas un baño, el desayuno. Tus recuerdos están lejos. Sientes como si hubieras soñado las pesadillas de otro.
            Miras el televisor apagado al fondo de la recamara.
            Escuchas la ausencia de ruidos urbanos en las calles desiertas.
            El sol está a punto de asomarse.
            Quisieras quedarte, pero sales. No tienes más remedio.

III

Mantenimiento preventivo a dos tornos y una grúa manual.
            Discurso del jefe.
            La máquina de refrescos descompuesta de nuevo.
            No demasiado que lamentar durante el día.
            De vuelta en casa, tu hábitat natural, te sientes más seguro. El espacio negro manchado de destellos. El control remoto y las ciento cinco posibilidades de sus botones. Tu pulgar obedecido al momento. Tú, menos ausente que ayer, das grandes paseos por los canales, sin buscar nada en particular.
            Hoy por la mañana saliste rasurado por primera vez en años; distinto, cabe notar, al retrato hablado. Cargaste con una vieja gorra de beisbol y unas gafas oscuras. Encubierto para evitar situaciones incomodas que pudieran salirse de control.
            No es a ti a quien buscan, eso es claro.
            Pero ser cuidadoso nunca está de más, eso es todo.
            Diste un rodeo para tomar el camión. Evitaste el puesto de periódicos, las frases amables del voceador, el saludo por su nombre. Estabas seguro de que el retrato estaría impreso en las primeras planas. Preferiste evitar la suspicacia del revistero. Varias veces fingiste no escuchar los buenos días de los vecinos.
            El guardia de la entrada de la fábrica quiso revisar tu credencial pero notaste el periódico sobre su escritorio.
            Se me perdió, mentiste.
            Mejor así: en la foto usas barba.
            Te contempló un momento. Pareció que su mirada cambiaba sin motivo: sus pupilas se dilataron, evidenciando un esfuerzo interior. Una actividad mental que te hizo ponerte en guardia.
            Pase, dijo.
            Son las once de la noche. Todos los noticieros han terminado. Rebotas de un canal a otro sin registrar nada de lo que ves. Aparecen rostros de personas; todos son distintos entre sí. Cejas, ojos, barbilla, labios, dientes, orejas, cabello, elementos combinados sin gracia a veces, a veces con acierto. Pasas de un programa de concursos a una película francesa a un infomercial de productos dietéticos que por cierto te dejaron igual de gordo a un programa de entrevistas a un partido de futbol que ya viste y termina empatado a un concierto grupero a un infomercial de joyería Fantasy a una caricatura que no sabes qué hace ahí a estas horas a un clásico del cine nacional a una serie gringa a una película softporno a una serie de detectives a un show de realidad y de vuelta al programa de concursos.
            Apagas el aparato y la imagen se funde en un punto de luz intensa. En la oscuridad el ojo de la pantalla fosforece con una reminiscencia azulosa, fantasmal. Los papeles se invierten: el televisor se vuelve durante la noche espectador de tu sueño.

IV

Hubo siete máquinas que revisar: siete requisiciones de apoyo técnico que no atendiste. Te encerraste todo el tiempo en el taller. Los otros mecánicos preguntaban por ti. Saliste de la fábrica poco antes de la hora de comer.
            Los noticieros empiezan hasta dentro de tres horas. Entre aburrido y ansioso cambias de canal, esperas que aparezca algo, cualquier cosa, acerca de la nota. Hallazgos, avances.
            Nada. A las tres de la mañana te quedas dormido con un programa de cirugías láser. Despiertas después de mediodía, con un dolor intenso clavado en las sienes.
            En los siguientes días no apagas el televisor ni te presentas en la fábrica.

V

Las toallas húmedas se amontonan sobre el mosaico ajedrezado del baño; una llave gotea como si estuviera a punto de secarse. Tus reservas alimenticias se agotaron rápido. Las cajas de comida ordenada por teléfono se apilan al fondo de la cocina.
            La televisión encendida es el único signo vital de la casa. Viéndote recostado sobre la cama, cualquier pensaría que eres un cadáver y te pudres lentamente. Pero no. Sales de tu letargo; te mueves. Hojeas sobre tus piernas el libro de recortes. Untas pegamento con una pequeña esponja sobre la primera página vacía. Retiras el sobrante, aplanas con cuidado el pliego sobre el que ensayaste con pericia maniática dos versiones detalladas – de frente y de perfil – del retrato.
            Retocas con esmero las letras del nombre del asesino. En un rincón escribes la palabra “crímenes”, luego, dos puntos. Dejas un recuadro en blanco. Admiras la nueva adición por un momento. Afilas los lápices antes de guardarlos. Destruyes el primer borrador del retrato y devuelves a la cartera tu credencial de la fábrica. Cuelgas de nuevo el espejo en el clavo de la pared.
            La barba ha avanzado algunos milímetros en tu cara. En el televisor nadie comenta nada sobre el asesino.
            Tarde o temprano surgirá algo.
            Por lo pronto estás contento con la nueva pieza de tu colección.

VI

Tienes que esforzarte unos segundos antes de reconocer ese sonido. Es agudo. Deja un tintineo en el aire viciado, grueso, porque no has abierto una ventana en días. Viene de la sala. El teléfono. Bajas el volumen del televisor.
            Levantas el auricular y guardas silencio. Una voz de mujer pronuncia tu nombre del otro lado. Dos veces, tres, hasta vencer cierta distancia – además de física, mental – que te impide contestar.
            Elisa. De la fábrica.
            ¿David?, pregunta. Debes haber dicho algo, emitido señales de vida, porque ella continúa.
¿Te pasa algo?
No.
Puedes decirme.
¿Qué podría pasarme?
Hay personas en la fábrica que han preguntado por ti; llevas dos días sin presentarte a trabajar.
¿Quién preguntó por mí?
El jefe de recursos. No te reportaste enfermo ni justificaste…
¿Nada más?
¿Nada más qué, David?
¿Nadie más preguntó por mí?
Tu supervisor. Los muchachos del área.
¿Quién te pidió que me hablaras?
Nadie. No deben enterarse que te hablé.
¿Entonces por qué…?
¿Preguntas por qué? Su voz se quiebra. Aún me preocupo por ti, nunca quise dejar de verte.
Elisa, si esto termina…
(Silencio)
Te juro…
SI termina ¿qué?
Confías en mí ¿verdad?
David. ¿Estás bien? ¿Pasa algo? Puedes decirme.
Necesito hablar con alguien. ¿Podrías venir?
Nunca quisiste que nos viéramos en tu casa.
Eso fue hace mucho.
Y te alejaste.
Quería estar seguro.
Querías tiempo para recuperarte del divorcio. No me dejaste estar contigo. Sé que te dolió verla llevarse a tus hijos. Sentí que me culpabas.
No. Tú no… Elisa, te necesito.
Yo sólo quise avisarte para que no tuvieras problemas.
Ven esta noche, cuando salgas de la oficina. Sé que puedo confiar en ti.
Después de colgar el aparato seguiste repitiéndolo, “puedo confiar en ti”, “puedo confiar en ti”, hasta quedar convencido.

VII

Tocan a la puerta y saltas de la cama; escondes el libro debajo.
            Tocan de nuevo. No te mueves de la entrada de la habitación.
            Transcurren unos segundos de silencio; supones que el visitante se ha marchado. Te acercas a la puerta sin hacer ruido. Tocan de nuevo, más fuerte esta vez.
            Es temprano para que llegue Elisa. Apenas estará saliendo de la oficina. Tardará media hora en llegar. Sigues acercándote. Ella te pidió una llave y tu rehusaste. Tal vez por eso los golpes son cada vez más fuertes. Es un reclamo.
El teléfono timbra.
Los golpes en la puerta se repiten.
No te mueves.
El teléfono. La puerta.
El teléfono, la puerta.
Los ruidos cesan al mismo tiempo. A pesar de la debilidad de tus piernas llegas a la puerta. Atisbas por la mirilla. No hay nadie. Levantas el auricular y escuchas el vacío de la línea y en seguida el tono de marcar.

VIII

Despiertas sudando. El retrato está otra vez en la televisión.
            La señal se pierde. Saltas de la cama, ajustas la conexión del aparato del cable. Recuperas la imagen, libre de estática. El rostro se congela en la pantalla.
            Tú.
            Que lo quiten. Que nadie lo vea. Con una chingada, que lo quiten. Arrojas el control contra el espejo sin romperlo. Manoteas por la habitación desordenándolo todo. Lanzas objetos contra las paredes. Azotas puertas. Corres a la sala, volteas el sillón, arrancas el cable del teléfono. Tiras golpes, patadas.
            ¿Qué haces? Respira. Tranquilamente, con pausa.
            Recuperas tu ritmo cardiaco. Miras la sal hecha un desastre.
            Demasiado silencio.
            Alguien debió oír el alboroto. Alguien que en este instante mira hacia tu casa.
             Te asomas por la ventana de la sala: hay un hombre de pie en la acera de enfrente; te mira.
            La ventana de la cocina: una mujer escruta tu casa desde su jardín, y descubre tu rostro que se asoma.
            La ventana del segundo piso: distingues un rostro asomado entre las cortinas de la casa de al lado. Te mira.
            La ventanilla del baño: un niño juega con una pelota mientras te mira.
            Colocas una cuchilla nueva en el rastrillo. Abres la llave y dejas correr el agua caliente en el lavabo.

IX

De nuevo tocan la puerta. Abres. Elisa te acaricia la piel recién afeitada. Te ves tan distinto.
            No te deja pronunciar palabra. Imposible escapar de su cuerpo. No necesitas esconder el desorden, su atención gira sobre la órbita de tus manos. Te dice que desea que le hagas el amor en la recámara. Temes no poder responder, pero la conduces sin dejar de besar su cuello.
            Se recuestan sobre las sábanas arrugadas y la ropa sucia, y la penetras. La elocuencia de su cuerpo pareciera agradecer tan desastroso escenario.
            Ella cierra los ojos. Tú espías de cuando en cuando el televisor por encima de su hombro.

X

Elisa está más relajada, dueña de sí. ¿Por qué no te has presentado? Dime, ¿ya no te interesa el trabajo? ¿O te ibas a desaparecer sin avisarme?
            Boca abajo en la cama no respondes, pero registras el tono inocente que disfraza el reproche. Se incorpora. Miras sus pechos apoyarse suavemente sobre sus brazos cruzados.
            Te urge aliviar la vejiga.
            Deberías limpiar un poco, dice. Los hombres solteros son todos iguales. Se pasea por el cuarto y toma una prenda sucia con dos dedos para regresarla luego al desorden.
            En el baño sólo escuchas tu corazón que en cada latido remueve los rescoldos tibios y debilitadores del orgasmo, y el sonido que produce tu cuerpo al descargarse.
            La mujer en la recámara se ha callado.
            Regresas. Elisa mira el libro, tu colección. No te ha visto. Te deslizas hacia la oscuridad de la habitación anterior y miras desde ahí su gesto al llegar a la última página.
            Sales de tu escondite. En cuanto te mira no puede ocultar el libro, la pregunta a punto de salir de su boca. Te dice que no entiende. Qué hace ahí ese retrato tuyo. A qué crímenes te refieres. Qué son todos estos recortes. Qué hacen estas cosas debajo de tu cama.
            David, respóndeme.
            No… te lo puedo explicar… es difícil…
            David, me estás asustando.
            … ocurrió de repente, me vi en los noticieros…
            Llega al interruptor, enciende la luz por accidente. Le gritas:
            Apágala, estúpida, nadie debe ver las luces encendidas. No deben saber que estamos aquí.
            Arrojas una botella vacía a la lámpara del techo que estalla en esquirlas de luz y vidrio. La oscuridad se restituye entre ustedes.
            Nadie debe saber, murmuras, y corres de una habitación a otra quebrando el resto de las lámparas. Cuando vuelves al dormitorio Elisa intenta cubrir su desnudez y te mira asustada.
            ¿Qué hiciste, David? ¿Qué hiciste?
            En quién ibas a confiar.
            Elisa, escúchame…
            ¿Qué es esto, David? Dime…
            Escúchame, carajo…
¿Cometiste algún error, por eso te escondes?
Hubo unos asesinatos…
David, no…
No estás escuchando…
¿Me vas a hacer daño?
Elisa, no me estás escuchando.
No puedes hacerme daño, David…
Se suelta a llorar.
Intenta salir de la habitación y de encuentra con la resistencia de tu cuerpo. Quieres abrazarla, pero se defiende. Un rasguño atraviesa tu mejilla izquierda. La rabia repentina te hace empujarla. Cae al piso. Cierras la habitación detrás de ti.
Vas a la cocina, revuelves los cajones. Vuelves junto a ella con una cuerda.
Esquivando sus pataleos le atas las manos. No deja de gritar: una mordaza: tu única corbata.
Elisa, escúchame, deja de llorar. Puedo explicarte. La noticia. Un asesino. Mi nombre. Mi rostro. Justo ahora deben buscarlo. Me confundirían con él. Tienes que entenderme. Debiste ver la noticia. Tienen varios días sin hablar del caso, pero yo la vi. Todo el mundo debió enterarse, carajo. Te enteraste ¿no? Debió salir en los periódicos. Créeme: no soy capaz de algo así. No pude ser yo. Me conoces: no pude ser yo.
Buscas comprensión en su mirada y encuentras miedo, nada más que miedo. Cree que puedes matarla. Por qué haces esto, parece decir, y tú no puedes responder.
Tendría que verlo ella misma, tendrían que pasarlo en los noticieros. La sientas en la cama, buscas en los noticieros, si tan sólo en este instante pasaran el retrato.
Pero, ¿qué haces? Tú no eres culpable de nada. Le pediste que viniera para hablar con alguien en quien pudieras confiar. Dejaste a tu mujer por ella.
¿Qué haces?
Perdón, Elisa, amor. Tratas de desatar los nudos pero no se queda quieta. Tendrás que ir por algo que corte las ataduras. Busca algo, en la cocina.
Traeré un cuchillo, dices.
Ella intenta liberarse. Voy a soltarte, pero no te escucha.
Revuelves los cajones. Tu esposa sabía dónde están las cosas, pero tiras cajas vacías de galletas, sartenes, moldes, cajas de medicamento, paquetes rancios de sopa, antes de dar con lo que buscas. La hoja está cubierta por una capa de óxido. La colocas debajo del chorro de agua para limpiarla un poco.
Empuñando un hacha de carne entras a la recámara, y encuentras las ataduras hechas nudos en el suelo.
Un golpe furioso te derrumba sobre la alfombra como un recién decapitado.

XI

Tratas de evitar la luz y escondes el rostro. En la recámara el televisor continúa encendido. Reconoces el techo de tu casa en la pantalla. En vivo, reza una cintilla con el logotipo del noticiero de las once. Te enfocan. Un reportero habla de ti. De tu comportamiento en los últimos días. De la mujer que logró escapar.
            Arroje el arma.
            Tírese al suelo.
            No lo volverán a repetir.
            Subes las manos al mismo tiempo en la sala y el televisor.
            Sueltas la presión de los dedos de tu mano izquierda y el cuchillo cae al suelo. Con la derecha, antes de abrirla, apuntas el control remoto a la televisión, y la apagas.


 

FUENTE
Boone, Luis Jorge; “Siempre habrá alguien detrás de ti”, en La noche caníbal;México, 2009; Fondo de Cultura Económica; pp. 13 – 26.





Impresionante texto que encontré en mi útlimo año de bachillerato, gracias a una convocatoria que se lanzó en FIL 2009. Leer La noche caníbal me adentró en un nuevo tipo de literatura en el que no había indagado mucho y debo decir que de entre todos los cuentos incluídos en dicha obra, "Siempre habrá alguien detrás de ti" me pareció el más asombroso. Es un cuento fuera de lo normal, en el que el lector pasa a ser el protagonista de la historia; la falta de explicaciones en él es lo que le da ese toque tan peculiar a la obra. Sin duda una gran creación literaria que merece ser compartida.

Luz